NADIE VA A TOCAR A TU CASA
Naburón aprendió a dibujar copiando a Goku en YouTube y a grabar arriba de un triciclo. Hoy, a los 26, tiene taller propio en Zapopan y está aprendiendo la parte del oficio que nadie te enseña en la escuela: la aburrida. La que paga la renta.
Cuatro pisos. Eso cuesta llegar a Estudio Anónimo, sobre una avenida, en la frontera de la colonia Seattle con la colonia de al lado, en uno de esos edificios que uno ve mil veces desde la calle y nunca se le ocurre subir. Arriba no hay paredes blancas ni silencio de galería: hay placas regadas, grabados secándose, tinta en las mesas, papel esperando su turno junto a la prensa. El desmadre bonito de un estudio que está vivo. Desde la terraza se alcanza a ver la casa de José Fors. Vecinos, pues.
Esa tarde la prensa no descansa. Se imprime un proyecto ajeno y la plática va y viene entre pasada y pasada, porque en este taller se habla trabajando o no se habla. Sale una prueba, un gato, con unas manchas blanquecinas al centro. ¿Le faltó tinta? Naburón la revisa de cerca, sin prisa, como quien lee un mapa: "Pues es la textura, y puede que falte un poquito de presión". Ajusta, vuelve a pasar el papel y sigue hablando de becas, de coediciones, de una impresora 3D de arcilla que todavía no compra. Más tarde llega el pollo y se come en la terraza, con las manos todavía negras.
Ahí está el personaje completo: los dedos en la tinta y la cabeza en las cuentas.
Un anagrama, Goku y un triciclo
Se llama Enrique Durán. Nació en Tepic, Nayarit, en diciembre del 99, y firma como Naburón: un anagrama que armó en segundo semestre de la carrera con sus dos apellidos, Durán y Barrón, después de ver una serie donde salían anagramas. Firmar como Durán a secas, dice, "suena como señor". Y tiene razón: suena a licenciado de notaría.
Como todo morro que va a terminar en artes, se la pasaba dibujando en clase. Pitos, sí, como todos (parte natural del oficio), pero sobre todo maniquíes y armas: mientras sus compañeros jugaban GTA, él dibujaba la AK-47. En casa copiaba a Goku y a Pikachu de los tutoriales de YouTube. "Las bases las aprendí bien en YouTube y ya después me pasé a tomar clases." Las clases le dieron lo de siempre, la cabeza dividida en cuatro, las proporciones correctas, el dibujo bien portado. Útil, "pero no cuando quieres hacer otro tipo de cosas".
En la prepa entró al Cedart de Nayarit, tan nuevo entonces que la suya fue apenas la cuarta generación. Ahí le cayó el grabado de la forma menos solemne posible. Su maestro había sacado un apoyo del Fonca para Triciclo Gráfico: un triciclo de esos de los paleteros convertido en taller, con un tórculo chiquito, el área de entintado adaptada e impresiones de 20 por 30 en plena plaza, en festivales como Noche de Museos. "Hasta llegamos a dar talleres a unas 200 gentes en un día."
Doscientas personas. En un día. Arriba de un triciclo. Así cualquiera se enamora del grabado.
De ahí pasó por el Peyote Azul, un taller del estado, y luego siguió a su maestro a su propio taller, El Diablo en la Pared, medio como aprendiz. En medio hubo un año de teatro, un rato pensando en estudiar moda y otro en cine, hasta que se dio cuenta de que "ni veo tantas películas, mejor me dejo de mamadas".
En 2019 se vino a Guadalajara a estudiar artes en la UdeG. Le tomó trece semestres, con pandemia incluida. Hay quien se tarda menos en un doctorado. Pero no fue por flojo: fue porque, mientras otros nomás iban a clase, él ya estaba produciendo y exponiendo.
Copiar no es pecado
Si se le pregunta cómo nace una pieza, Naburón no se pone místico. Primero aterriza la idea en lo conceptual, luego el boceto, luego la obra; los detalles cambian según la serie. Lo que nunca cambia es que trabaja con referencias, y eso le costó aceptarlo. "Al inicio todos pensamos que todo lo que salga de mí tiene que ser directamente de mi imaginación. Trabajas con referencias aunque no seas consciente de ello."
La neta, a muchos les cuesta media carrera entender eso. La idea del genio que saca todo de su cabeza, solito, iluminado, es de las mentiras más dañinas que nos vendió la academia (y Disney, y los biopics). Naburón la tiró a tiempo.
Su referencia más fuerte no está en un museo: es el manga japonés, más incluso que Escher, al que también se le nota en las placas. "Ellos entienden muy bien lo que es el dinamismo dentro de las imágenes blanco y negro." El chiste, dice, no es copiarle a nadie, sino "entender qué es lo que te late de esa pieza para tú adaptarlo a tu composición". De la ciudad le laten Manuel Rodríguez, Sof Martín y Marlon Olmos; de los consagrados, Enrique Oros y José Fors, el de la casa que se ve desde la terraza.
La parte aburrida
Diez años exponiendo, cerca de sesenta colectivas y una individual: la de 2024, con una beca del PECDA Nayarit. Y esa beca le enseñó algo que no viene en ningún manual de grabado. Antes de arrancar preguntó si podía exponer el proyecto en cualquier parte y le dijeron que sí. Armó la expo en Guadalajara, consiguió fecha, la subió a la plataforma… y ya con todo listo le avisan que siempre no, que tenía que ser en Nayarit. No sean mamones. Al final la montó en una galería de la Universidad Autónoma de Nayarit. Los cuadros siguen ahí en el estudio, a medio acabar: les falta la cuadrícula.
De ahí sacó la lección que, en el fondo, es el tema de este texto. "Como ya todas las becas, sobre todo de gobierno, se basan mucho en la redacción y en la propuesta que tú hagas, como ya no te piden bocetos, tienes que dejar todo muy claro en el texto, para que se entienda qué es lo que quieres hacer y que se vea que la técnica sí la sabes manejar."
Nadie se mete a artes para aprender a redactar oficios. Pero así está el juego: la placa se trabaja con gubia y la beca con Word. Y el que no aprende a escribir su propio proyecto se queda viendo cómo otros, con peor obra y mejor texto, se llevan el barro.
Esa misma cabeza es la que hoy ordena el taller. En lo artístico lo dirige él; las finanzas, la gestión y la redacción de proyectos las lleva su socio, Daniel Cortérez; en producción le entra Gael Galindo, su asistente. Hay talleres de dibujo los viernes y de grabado los sábados, ediciones, tirajes por cotización y jornadas de impresión donde el artista entinta e imprime su propia obra mientras él lo cuida. "Yo me encargo de calibrar la prensa, acomodar el papel, checar todo, y sobre todo estar revisando qué puede hacer falta para que tengan ciertas correcciones de las piezas sobre la marcha."
Sabe dónde está parado. A diferencia de talleres como Industria Gráfica, que pueden trabajar a coedición porque tienen coleccionistas detrás, Estudio Anónimo apenas empieza: "Tenemos experiencia de creación, tenemos experiencia de edición, pero no tenemos una base propiamente de coleccionistas". Por eso las colaboraciones tienen reglas claras: que haya material y que la propuesta le guste. "Tengo que ver más que nada que sea rentable para mí como taller." No lo dice con desprecio, porque "hay público para todos". Nomás que hay públicos a los que él no sabría venderles, y prefiere admitirlo antes que tirar papel.
"Nadie va a llegar a tocar a tu casa y decir: güey, ya vimos que egresaste."
Lo que enseñó el triciclo
El triciclo le dio el grabado, pero también le dio la primera lección de dinero. Las placas eran de MDF, la tinta no salía cara, y aun así el proyecto hoy casi no se mueve porque no hay quién lo pague. "Si no cobras por eso y es una actividad gratuita, pues no hay retribución. Está chido en el tema social, pero cuando tienes que pagar cuentas, es cuando realmente te afectan esas situaciones." Quizá por eso su taller es abierto pero no gratis: la clase de prueba no cuesta; lo demás, sí.
Nayarit le dejó otra cosa: saber lo que pesa una escena chica, donde un morro que quiere crear conoce "a las mismas tres personas" y donde casi nadie vive solo de su obra, aunque lleve años en eso. Pueblo chico, piano grande. Con eso en la cabeza, esperar a titularse para empezar no era opción. "Un chingo de gente, sobre todo de la UDG, se esperan a que egresan para empezar a hacer las cosas. Y güey, pues nadie va a llegar a tocar a tu casa y decir: güey, ya vimos que egresaste."
Y el morro que aprendió con tutoriales de anime sigue aprendiendo igual, de donde caiga. "Al final de cuentas tienes que aprender de cualquier forma y de cualquier persona o de cualquier situación."
Hacia afuera
¿Qué le falta a Guadalajara? Según él, ni oferta ni calidad. Le falta que los artistas se acerquen al sector privado. "Ese es el error de los más comunes aquí en México, que es depender mucho de las instancias públicas, de las becas." Más de uno en la escena va a torcer la boca con eso de "sector privado", como si vender fuera pecado. Pero en un país donde la convocatoria cambia las reglas a medio camino, colgarse solo del gobierno para comer es apostarle a lo más inestable que hay.
Su apuesta va por otro lado: colaborar con empresas, ofrecerles diseños y productos. Con su socio planea comprar una impresora 3D de arcilla para hacer platos y tazas para restaurantes, intervenidos con grabado, y también art toys. Si los primeros seis meses jalan, quiere un espacio más grande. En Músculo fue el primer participante real, y ya tiene colaboraciones apalabradas con Marquitos, de Mestizos Collective; con Hugo Gutiérrez, y con Oliver Casillas.
Cierre
La tarde se acaba como empezó: con tinta en los dedos y la plática todavía en la terraza. Antes de despedirse, Naburón deja la invitación abierta: "Quien tenga curiosidad de aprender, aquí es bienvenido".
Eso sí: son cuatro pisos. Cardio y arte al mismo tiempo. Y en el taller se ofrece té, no café, no vaya a ser que alguien se infarte en la subida.
Naburón (Enrique Durán) — Estudio Anónimo
- Disciplina: grabado; también dibujo, pintura y cerámica
- Zona: colonia Seattle, Zapopan
Sobre el artista

Naburón
Grabado
MUSC-3ACL